Antes de llegar a Guatemala creÃa que era consciente de las diferentes realidades que existen o, por lo menos, que nuestra realidad no era la única. Pero todo esto cambia radicalmente cuando te enfrentas a una realidad tan diferente que hace que tu punto de vista cambie y se vean las cosas desde una perspectiva mucho más amplia y, sobre todo, realista.
Esta semana tuve la oportunidad de visitar un colegio muy especial, fundado por Manolo, un jesuita gallego que murió hace dos años pero cuyo espÃritu está muy presente, porque consiguió que sus ideas se vieran plasmadas en un proyecto increÃble. Pablo, que es la persona que se encargó del centro educativo desde la muerte de Manolo, nos contaba las dificultades que tuvieron y que siguen teniendo pero que, gracias al trabajo y al esfuerzo de todos, hace que todo valga la pena. En este centro educativo (como le gusta a Pablo que lo llamen) se puede ver un claro ejemplo de que la juventud guatemalteca es la que tiene que tirar de este paÃs hacia delante. Los alumnos pertenecen a barrios periféricos de la capital, calificadas como zonas rojas por el Gobierno guatemalteco por la violencia y pobreza que los acucia y sus historias de superación y supervivencia que dejan a uno sin palabras.
Creo que este es un buen momento para explicar muy por encima lo que son las maras. Básicamente son grupos de jóvenes excluÃdos socialmente y muy violentos, y que se encuentran divididos en diferentes bandos, todos ellos enfrentados entre sÃ. Las maras son uno de los principales problemas que tiene Guatemala por la inseguridad que generan y por su rápida extensión. Pues bien, en medio la disputa por el territorio de las maras se encuentran una gran parte de los alumnos del colegio, por lo que han crecido en medio de la violencia y de las balas que se cruzaban entre las maras. La diferencia la marca en que ellos eligieron el camino complicado, el de la educación y el de la lucha personal, porque todo lo que han visto (que no es poco, os lo puedo asegurar) no ha hecho más que impulsarlos a buscar un futuro más próspero tanto para ellos como para sus hijos, amigos y familia.
La principal condición que tiene la escuela para ser admitido es que se comprometan a trabajar, en un puesto que el propio colegio le busca, y a asistir a las clases. Además del trabajo y las clases, una vez que terminan la jornada escolar se van a sus comunidades a seguir trabajando, esta vez para sus amigos y compañeros de la comunidad, haciendo una labor social muy importante. Estos chavales, de entre 15 y 20 años (algunos de ellos ya están casados y con hijos), están acostumbrados a un ritmo de vida tan alto que serÃa impensable para los jóvenes de cualquier paÃs “desarrollado” y es casi seguro que si no les hubiese tocado vivir en dónde les ha tocado, una buena parte de los 210 alumnos del centro serÃan universitarios con un futuro prometedor, mientras que aquà les toca luchar por sobrevivir. Aún asÃ, dónde otros se hubiesen rendido, ellos siguen luchando y los que antes fueron alumnos se han convertido en profesores que ayudan a sus amigos de las comunidades a buscar una oportunidad fuera de la violencia en la que han vivido tanto tiempo. Son ellos y solo ellos los que tienen que sacar a Guatemala hacia delante, porque conocen mejor que nadie la realidad de su paÃs y lo que se puede y no se puede hacer.
Lo mejor de este proyecto es el acompañamiento que se realiza a los alumnos, desde psicólogos que los asisten cada dÃa, hasta clases especÃficas de desarrollo humano y personal pasando por asesoramientos y becas para acceder a la universidad. Una de las cosas más complejas dentro de un proyecto de cooperación es hacer que las personas que se vayan a beneficiar se impliquen, crean y se apropien de eĺ, pues bien, no cabe duda de que estos chavales están haciendo todo eso y más y hasta los mismos profesores y cuerpo directivo del colegio afirman que su objetivo es que en algún momento ellos sobren y sean los propios jóvenes los que tomen el control del proyecto y sigan haciendo realidad el sueño del padre Manolo.